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Las emociones y el aprendizaje

April 21, 2017

 

 

Imaginemos la siguiente situación: María tiene 13 años y está en primero de secundaria. Hizo la primaria en una escuela de Junín y allí era una de las primeras alumnas. Al terminar la primaria, ella fue elegida para leer el discurso en nombre de su promoción. Lo hizo a la perfección delante de más de 500 niños y todos los profesores y padres que estaban en la ceremonia. Ahora está en un colegio secundario en Lima. Sus compañeros la molestan mucho por su acento serrano, cada vez que dice algo, especialmente cuando tiene que decirlo en voz alta. Lo que ha generado en ella una asociación entre el hablar en voz alta, el miedo y la vergüenza. Justo ahora la profesora de Lenguaje le ha pedido salir a la pizarra para leer en voz alta un cuento. Para colmo de males en la primera fila está sentado un chico del cual ella se siente profundamente enamorada. “María lee por favor……” – le dice la profesora -. La pobre María está paralizada, es como si la vista se le hubiera nublado, no distingue las palabras y se pone a balbucear……. “María, siéntate por favor y practica lectura en tu casa, parece que en la primaria no te enseñaron a leer.” – remata la profesora. Es previsible que, por lo menos en Lenguaje y con esta profesora, a María le vaya muy mal en adelante. Es claro que “el miedo la paralizó” y, muy probablemente, la paralizará cada vez que deba hablar o leer en público.

Pero el miedo no es una emoción indeseable o que no debamos sentir. El miedo nos obliga a huir cuando percibimos peligro, el miedo hace que nos tiremos al suelo cuando escuchamos sonido de balas muy cerca nuestro. El miedo nos hace ponernos a salvo en cuanto la tierra empieza a temblar. El miedo nos ha permitido sobrevivir como especie y evitar a los depredadores y, a veces, el miedo nos hace tener fuerzas y velocidades dignas de una olimpiada. Sin embargo, es claro que cuando queremos aprender algo, es mejor si el miedo no se apodera de nosotros, paralizándonos.

 

Imaginemos ahora la historia anterior, pero con algunas variaciones. La profesora de Lenguaje, luego de algunas clases, se dio cuenta que a María le hacen bullying, algunos de sus compañeros por su forma de hablar, por ello decidió hablar con la niña en el recreo, al final de la clase. Luego de escuchar a María, la profesora trama un plan para dar una lección positiva a los compañeros que encabezan el bullying. Al día siguiente, en clase de Lenguaje y tal como había sido planeado, la profesora dijo que iban a leer en voz alta un cuento de J.R. Ribeiro. Llamó a Carlos al frente para que iniciara la lectura.  Carlos es el compañero que siempre inicia el bullying contra María y, también, contra otros compañeros de la clase. Cuando Carlos hubo leído dos párrafos, con los errores naturales de un chico de primero de secundaria que es pillado de sorpresa, la profesora pidió que continuara leyendo Jaime y, luego, Teresa (con ellos dos se completaba el trío de quienes más molestaban a María). Luego de Teresa, la profesora le pidió que siguiera leyendo María, que leía muy bien y que había practicado en su casa la tarde anterior tal como fue acordado con la profesora. La niña leyó impecablemente todas las páginas que restaban para terminar el cuento. Lo hizo tan bien, con entonación perfecta y cautivando a sus compañeros. Cuando terminó de leer la profesora empezó a aplaudir y, espontáneamente, lo hicieron todos los niños. Podemos imaginar, dado lo ocurrido, que no sólo el bullying contra María se acabaría, sino que, fácilmente, ella se convertiría en una de las alumnas más destacadas de su nuevo colegio en Lima.

 

Estas dos historias quieren llamar la atención del lector hacia la importancia que tienen las emociones en la escuela y en el aprendizaje: Mientras que emociones negativas, como el miedo y el estrés, pueden interrumpir o impedir el aprendizaje, emociones positivas como la alegría y la sorpresa pueden impulsar el aprendizaje. El cerebro utiliza la emoción para dirigir la acción, acercándose a las situaciones positivas y evitando las negativas.

Como proponen Ostrosky y Vélez (2013), “sin las emociones, los seres humanos seríamos poco más que máquinas que trabajan de la misma manera día tras día. No conoceríamos los goces del amor ni la felicidad del éxito. No experimentaríamos simpatía por el desdichado ni dolor por la pérdida del ser amado. Desconoceríamos el orgullo, la envidia y los celos. La vida sin sentimientos ni emociones sería superficial e incolora, pues carecería de valor y significado.” (pág. 4)

Las emociones, tanto las agradables (alegría, orgullo, felicidad y amor) como las desagradables (dolor, vergüenza, miedo, descontento, culpabilidad, cólera, tristeza), y muchas de sus expresiones son innatas y existen no sólo en los seres humanos, sino también en algunos animales superiores.  Están profundamente arraigadas en nuestra biología y en nuestro cerebro. Sin embargo, el aprendizaje puede producir variaciones en las formas como se expresan y exteriorizan.

Para Damasio, una emoción es, esencialmente, la respuesta corporal primaria e impensada de un proceso de evaluación muy veloz realizado por el cerebro. La causa de que aparezca la emoción es que esas respuestas corporales tienen un valor de supervivencia como el que mencionábamos antes. Los procesos emocionales tienen características que incluyen expresión motora, aspectos sensoriales-perceptuales, autonómicos- hormonales, cognitivos-atencionales y afectivos-sentimientos.

 

No debemos perder de vista que tanto la palabra “emoción” como la palabra “motivación” tienen significados similares, y las dos pueden despertar, sostener y dirigir hacia algo la actividad del organismo. No sólo ello, sino las muchas historias semejantes a las dos diferentes de María y sus emociones nos permiten afirmar el valor que tiene el que los docentes aprendamos a leer las emociones de nuestros estudiantes, que les ayudemos a aprender a regularlas, que nos esforcemos por minimizar el estrés y el miedo y por construir en el aula un ambiente de aprendizaje positivo y motivador para los estudiantes (Hinton et al. 2008).  

Es indispensable que los docentes no solo poseamos una competencia emocional, sino que la despleguemos permanentemente cuando estamos en el aula. “Un aspecto de dicha competencia, es la capacidad que debe tener un docente, para interpretar las emociones de los alumnos en relación a la materia que se enseña y al proceso que el alumno está viviendo. Capacidad para poder interpretar el mundo interno de los alumnos que se funda en la observación de lo emocional, gestual, expresivo, responsivo y corporal; y competencia para intervenir los procesos de aprendizaje en el alumno. La competencia emocional se puede lograr de manera intuitiva pero también es una competencia que se puede aprender. “(Casassus, pág. 9)

El mismo Casassus afirma que para que el alumno esté dispuesto a aprender, lo importante es que sienta que él y toda su experiencia son respetados y comprendidos por el profesor. Hemos subrayado la palabra “sienta” porque no es importante que lo sepa, sino que lo sienta. Para ello, los docentes debemos aprender a ver el trasfondo emocional de los actos de los alumnos. Debemos ver que “detrás de la indisciplina, hay miedos, rabia, orgullo o disgusto que son los elementos que hay que tratar.” (Casassus. pág. 14)

 

Pero, al mismo tiempo, necesitamos saber que nuestros alumnos pueden aprender a relacionarse con respeto y sin violencia, siempre y cuando “desarrollemos una pedagogía que se ocupe de generar un clima de confianza mutua en la sala.” Y, para ello, es indispensable “permitir y activar la participación de los alumnos, que les permita, por ejemplo, colectivamente proponer, negociar y determinar lo que vale la pena aprender. Una pedagogía cuyo foco está en el principio de hacer las cosas con los alumnos, en vez de una ocupada en hacer cosas a los alumnos. Una pedagogía desarrollada con los alumnos se orienta a estimular que los alumnos puedan expresar sus motivaciones intrínsecas acerca de lo que quieren aprender, individual y colectivamente. Aprender juntos es más fácil que aprender en soledad.” (Cassasus. pág. 14)

Finalmente necesitamos entender que los alumnos “desarrollen competencias emocionales en sus interacciones, no se opone al logro académico. Por el contrario, el desarrollo de estas competencias desarrolla la capacidad de resolver problemas cognitivos.”

En esa misma perspectiva la OCDE (Organización para el desarrollo social y económico) sostiene que la capacidad de regular las emociones es un predictor de los resultados académicos y que los estudiantes que pueden regular eficazmente sus emociones son más resistentes frente al fracaso y más propensos a tener redes sociales fuertes, que proporcionan capital social importante (OCDE, 2007).

 

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